Cuando un partido político pierde una elección, pierde la oportunidad de llevar adelante un conjunto de ideas y transformaciones que no fueron elegidas por la mayoría, pero no pierde su razón de ser. Pierde el gobierno, pero conserva, y tiene la obligación de ejercer, su proyecto político. Esa distinción, que parece obvia, se diluye en el debate cotidiano e interno de los partidos políticos todos, especialmente de quienes estamos en la oposición y quedamos atrapados entre dos tentaciones igualmente peligrosas: la oposición ornamental, que acompaña sin cuestionar, y la oposición estéril, que rechaza sin proponer.
No tengo ninguna duda, ni complejo, ni temor en decir con claridad que la oposición tiene que cuestionar. No porque le caiga mal quien gobierna, sino porque tiene una visión distinta del país. Esa diferencia de proyectos es la esencia de la democracia plural y renunciar a ella en nombre de la "gobernabilidad" no es madurez política, es abdicación.
Ahora bien, cuestionar no es obstruir. La Constitución nos da varias herramientas: interpelaciones, pedidos de informes, comisiones investigadoras, iniciativas legislativas, llamados a sala, y hay que usarlas, todas, todas las veces que sea necesario. No como performance mediática, sino como el ejercicio genuino del control republicano. Eso es lo que la ciudadanía espera de quienes están en la oposición: que trabajen, que fiscalicen, que controlen, que critiquen y también que propongan.
Siempre hay que estar dispuesto al diálogo, en educación, en seguridad, en institucionalidad, cuando el país gana, todos ganan. Pero el diálogo no exige, ni implica rendición. Se puede acordar en lo puntual y discrepar en lo estructural. Se puede votar una ley y cuestionar otra. La coherencia no está en el alineamiento automático ni en el rechazo sistemático: está en tener un proyecto claro y defenderlo con argumentos.
Entonces para la oposición el problema no aparece cuando se cuestiona, el problema aparece cuando la discusión se centra en las tensiones internas y no en hablarle a la gente. Cuando el foco de la discusión, y de la agenda, no está puesta en los problemas de las personas, cuando los argumentos no son para defender el proyecto que no alcanzó las mayorías para gobernar, ahí está el problema de la oposición.
La oposición que Uruguay necesita no es la que espera que el gobierno se equivoque, es la que trabaja para ofrecer una alternativa mejor utilizando todas las herramientas que la Constitución le pone a su disposición. Esa es la diferencia entre hacer política y simplemente sobrevivir hasta la próxima elección.
Junio 2026